Brecha digital: acceso a internet y mercado laboral post-pandemia

El acceso a Internet está aumentando rápidamente en todo el mundo. Pero la mayoría de las personas en los países en desarrollo todavía se encuentran excluidas de las tecnologías digitales, y muy pocas tienen acceso a Internet de alta velocidad asequible. Esta columna explora las implicaciones para los resultados del mercado laboral y las posibles respuestas en materia de políticas. Por el lado de la demanda, los programas educativos para mejorar las habilidades cognitivas y la alfabetización digital son clave; mientras que por el lado de la oferta, la tecnología 5G brinda la oportunidad de lograr una mayor accesibilidad para todos, incluidos los más vulnerables y  los que se encuentran en áreas remotas.

En 2020 se presentaron grandes nuevos desafíos en el mercado laboral cuando la pandemia de Covid-19 afectó la actividad económica a gran escala en todo el mundo. Los trabajadores necesitaban adaptarse rápidamente a un nuevo entorno utilizando tecnologías digitales, lo que puede convertirse en una tendencia permanente.

Existe una expectativa de que estos cambios promuevan ganancias de productividad y eventualmente una mayor eficiencia económica. Los hallazgos preliminares sugieren que ambos resultados pueden materializarse: un mayor porcentaje de trabajo realizado a través de tecnologías digitales; y una mejora en la productividad.

Pero estos cambios también podrían ampliar las desigualdades sociales. Se observa, por ejemplo, entre los niños con acceso al aprendizaje remoto y sus compañeros menos afortunados que no tenían un dispositivo con acceso a Internet para seguir las clases en línea.

En el mercado laboral, ya existen desigualdades entre usuarios y no usuarios de Internet, y estas pueden aumentar. Los estudios indican que los trabajadores más capacitados, bien conectados y más competentes  han recibido la mayoría de los beneficios de un mayor uso de las tecnologías digitales. Comprender y medir la brecha salarial entre quienes usan y no usan Internet ocupa un lugar prioritario de la agenda en el mercado laboral.

Por ejemplo, un estudio muestra que los brasileños con acceso a Internet experimentaron salarios un 20% más altos que aquellos que aún no están conectados a la red internacional. La expansión del Internet ha reducido gradualmente la brecha salarial entre los trabajadores conectados a Internet y los que aún están fuera de la red global, sin embargo, la diferencia persiste. Otros hallazgos de un estudio sugieren una brecha salarial debida al Internet en otros países en desarrollo, que varía del 18% en México al 30% en Honduras.

La buena noticia es que el porcentaje de personas que usan Internet en todo el mundo está aumentando. Cuatro mil millones de personas eran usuarios de Internet en 2019, lo que representa más de la mitad de la población mundial por primera vez – como muestra el siguiente gráfico.

Fuente: Unión Internacional de Telecomunicaciones- UIT/Base de datos de indicadores de TIC.

Al comparar estos números entre el mundo en desarrollo y el ya desarrollado, el primero se está poniendo al día, pero todavía está a mitad de camino. Según la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), el 8% de las personas en los países en desarrollo tenían acceso a Internet en 2005, mientras que el 53% lo tenía en los países desarrollados. Quince años después, estas cifras habían saltado al 44% para los países en desarrollo y al 87% para los países desarrollados.

La expansión de los usuarios de Internet democratiza el acceso a las tecnologías digitales, pero hay evidencia de que los trabajadores de edad tienden a sufrir más desigualdades salariales debido al uso de Internet. Las políticas públicas hacia una mayor inclusión digital deberían centrarse en estos trabajadores, ya que los trabajadores jóvenes pueden tener menos obstáculos para participar en un mercado laboral que utilice más tecnologías digitales.

En cuanto a las diferencias entre mujeres y hombres, los nuevos desafíos del trabajo remoto a través de Internet pueden presentar una oportunidad para que las mujeres demuestren su capacidad para equilibrar el trabajo y la familia en el mismo lugar mejor que los hombres. Pero la participación en línea de las mujeres sigue siendo menor que la de los hombres. En los países en desarrollo, el 40% de las mujeres utilizan Internet en comparación con el 49 % de los hombres – una brecha más amplia que en los países desarrollados (86 % de las mujeres frente al 88 % de los hombres).

Independientemente de las características inherentes (como la edad y el género) que permiten o restringen a las personas el uso de sus habilidades naturales para ingresar a la economía digital, los trabajadores en una economía moderna deben tener no solo las habilidades cognitivas básicas fundamentales, como la alfabetización y la aritmética, sino también muchas otras habilidades técnicas y no rutinarias.

Por ejemplo, según el Banco Mundial, los trabajos en el futuro requieren que los trabajadores sean capaces de comprender ideas complejas (habilidades cognitivas no rutinarias y superiores), trabajar con software (tecnología de la información y las comunicaciones - TIC, o habilidades de TIC), y trabajar en equipo (habilidades interpersonales y socioemocionales no rutinarias).

En resumen, la educación debe abarcar diferentes conjuntos de habilidades cognitivas para ayudar a los trabajadores a prosperar en el mercado laboral del siglo XXI. Con tales habilidades, incluso los trabajadores en sectores tradicionales, como la agricultura, pueden beneficiarse del acceso a Internet, como se ve  en Níger, Honduras e India. La cuestión no es qué sector requerirá estas habilidades, sino cómo los trabajadores podrían ser capaces de agregar valor a todos los sectores mediante el uso de tecnologías digitales.

Sin embargo, a pesar de la expansión global de Internet, la calidad de acceso a él varía sustancialmente. Por ejemplo, solo  el 15% de los ciudadanos del mundo tienen acceso a Internet de alta velocidad asequible, según el Banco Mundial. Por lo tanto, es esencial contar con políticas por el lado de la oferta.

Por ejemplo, la carga fiscal a la que se enfrentan los consumidores de servicios de telefonía celular y banda ancha tiende a ser mayor en algunos países en desarrollo. Observando a los mercados más grandes de teléfonos celulares y banda ancha, los consumidores de los países en desarrollo generalmente pagan impuestos más altos sobre esos servicios que un consumidor estadounidense, como muestra la tabla a continuación.

País

Participación de los servicios de telefonía celular en el mercado global (2020)

Participación de los servicios de banda ancha en el mercado mundial (2020)

Carga fiscal (2019)

Estados Unidos

5.6%

10.1%

8.9%

China

22.2%

39.7%

0%

Indonesia

4.3%

0.9%

10%

Vietnam

1. 7%

1.3%

10%

México

1.6%

1.7%

16%

India

14.7%

1.7%

18%

Turquía

1.0%

1.3%

25.5%

Brasil

2.6%

2.9%

40.2%

Fuente: Unión Internacional de Telecomunicaciones- UIT/Base de datos de indicadores de TIC.

La reducción de impuestos es un canal crucial para aumentar el acceso a Internet para los más vulnerables y, por ultimo, para abordar la desigualdad salarial. Utilizando a los Estados Unidos como punto de referencia, seis de los siete países en desarrollo enumerados en la tabla pueden reducir los impuestos, lo que beneficiará a los trabajadores que luchan por adaptarse a un nuevo entorno laboral y a las tecnologías digitales.

La mayoría de las personas en los países en desarrollo siguen estando excluidas de las tecnologías digitales. La adopción y amplia difusión de la tecnología 5G es una oportunidad para promover una mayor inclusión de las personas en todos los niveles de ingreso. Pero los dispositivos y servicios deben de ser accesibles para todos, incluidos los menos afortunados. Los impuestos más altos impiden que las personas vulnerables y excluidas se beneficien de las nuevas tecnologías.

Los países en desarrollo están en un camino diferente al de los países desarrollados al introducir servicios de Internet. Si bien estos últimos utilizan su infraestructura de telefonía fija para ofrecer servicios de Internet, incluso a zonas remotas, los países en desarrollo deben comenzar desde cero, y sus zonas rurales sufren de una infraestructura deficiente en todos los aspectos, especialmente en materia de comunicaciones.

Si bien esto es una desventaja, también es una oportunidad para implementar tecnologías inalámbricas para promover la accesibilidad incluso para aquellos en áreas remotas. Pero las nuevas tecnologías requieren grandes inversiones, y la participación del sector privado es esencial. Las políticas de los países en desarrollo en materia de Internet de alta velocidad asequible deben establecer asociaciones público-privadas (APP) para garantizar servicios de calidad para todos los ciudadanos, especialmente los más vulnerables.

Las políticas diseñadas para reducir el costo del acceso a Internet pueden aumentar el número de usuarios, pero esos usuarios deben adquirir una información informática. Por el lado de la demanda, las políticas deben promover la cultura digital, de modo que las habilidades en materia de Internet se armonicen entre todos los trabajadores, especialmente para los mayores, sin embargo, esas habilidades deben  cubrir un espectro más amplio, ya que los trabajadores deben poder usar Internet de manera inteligente.

El Internet de alta velocidad asequible es vital para reducir la desigualdad entre aquellos dentro de la red global y aquellos fuera de ella. Esto sólo será factible si los países en desarrollo introducen asociaciones público-privadas (APP) para implementar tecnologías inalámbricas para llegar a las zonas rurales remotas donde los niveles de pobreza son más altos. Es posible que los países en desarrollo no se beneficien de los dividendos digitales de mayores niveles de productividad y eficiencia económica si los trabajadores aún enfrentan mayores barreras de entrada a la era digital del siglo XXI en ambos lados: la demanda y la oferta.

 

Autor:

Filipe Lage De Sousa, actualmente profesor en la Universidad Johns Hopkins. Su formación académica es en Economía con un título de la Universidad Federal de Río de Janeiro (1998), una Maestría de la Escuela de Graduados en Economía de la Fundação Getúlio Vargas - RJ (2000) y un Doctorado de la London School of Economics and Political Science (2009). 

 

Este artículo fue publicado como parte de nuestra serie Future of Work desarrollada en asociación con Future of Work in the Global South (FoWiGS), una iniciativa financiada por el IDRC y administrada por CIPPEC. Ramiro Albrieu, líder de proyecto de FoWIGS, se unió a nuestro panel de revisión para esta serie.