Tanto el incremento de las temperaturas como un clima cada vez más impredecible en Uganda están generando una mayor presión sobre los medios de subsistencia rurales y los sistemas alimentarios. Aunque las iniciativas climáticas lideradas por mujeres se han extendido por todo el país, muchas siguen fracasando en su intento por abordar las profundas barreras económicas e institucionales que fomentan la vulnerabilidad climática en las poblaciones rurales. Para construir una resiliencia climática a largo plazo en Uganda será preciso poner en marcha enfoques más adaptados a la realidad local que fortalezcan la seguridad económica, confieran un mayor poder en la toma de decisiones y mejoren la capacidad de adaptación de las mujeres.
El cambio climático es un problema creciente en Uganda. El aumento de las temperaturas, las sequías prolongadas, los deslizamientos de tierra, las inundaciones y las lluvias cambiantes continúan afectando a los medios de subsistencia en todo el país, en el que más del 60 % de la población depende de la agricultura.
La temperatura media de la superficie en Uganda ha aumentado 1,3 °C desde los años 60. Asimismo, las emisiones de efecto invernadero se han casi triplicado entre 1995 y 2019, de acuerdo con los datos del Banco Mundial.
Fuente: Perfil de riesgo climático de Uganda del Banco Mundial
Las mujeres siguen estando entre los colectivos más vulnerables frente al impacto del cambio climático. Esto se debe a que muchos de sus medios de subsistencia dependen directamente de las condiciones meteorológicas y a que su dependencia de la agricultura aumenta su nivel de exposición a la pobreza y a las desigualdades socioeconómicas existentes.
Por este motivo, las mujeres se han convertido en agentes más activos en lo que respecta a la respuesta climática en Uganda a través de campañas de concienciación climática, actividades agroforestales, grupos comunitarios de ahorro e iniciativas de promoción digital (tanto en zonas rurales como urbanas). Jóvenes activistas como Vanessa Nakate han permitido que Uganda entre a formar parte de los debates sobre justicia climática a nivel global.
No obstante, este reconocimiento público cada vez más importante no siempre ha dado como resultado un poder significativo o una resiliencia a largo plazo para las poblaciones rurales más afectadas por el cambio climático.
Reconsiderar estos enfoques requiere no quedarse en la participación a corto plazo y dirigirse hacia inversiones a largo plazo que fortalezcan la seguridad económica, el liderazgo local y la capacidad de adaptación.
La división entre zonas rurales y urbanas en materia de activismo climático
Uno de los grandes desafíos es la desconexión cada vez mayor entre el fomento de la acción climática a nivel nacional y la realidad de las poblaciones rurales. Actualmente, muchas de las voces más importantes del movimiento climático en Uganda corresponden a activistas jóvenes, con estudios, procedentes de zonas urbanas y que tienen acceso a redes digitales y a financiación de donantes. A pesar de que sus aportaciones continúan siendo importantes a la hora de aumentar el nivel de concienciación internacional, estos espacios de promoción no siempre reflejan las experiencias de las mujeres rurales directamente más afectadas por el cambio climático.
Las mujeres rurales siguen estando poco representadas en los procesos de gobernanza climática. Su opinión suele faltar en la planificación climática municipal, los planes de adaptación y las consultas nacionales sobre política climática, en las que se toman decisiones sobre prioridades en términos de resiliencia. En regiones como Karamoja o Teso, las mujeres siguen estando sometidas a muchas presiones, entre las que se cuentan la inseguridad sobre la tenencia de la tierra, las prácticas hereditarias discriminatorias, un número limitado de servicios de extensión agraria, malas cosechas, inseguridad alimentaria, degradación de la tierra y escasez de agua.
A pesar de que las mujeres están ya involucradas en iniciativas de adaptación climática, como las campañas de plantación de árboles o los talleres de concienciación, esta inclusión por sí sola no aborda las barreras económicas e institucionales que forjan la vulnerabilidad. Para las mujeres rurales, la resiliencia climática se ve menos impactada por la concienciación y más restringida debido al acceso limitado a la tierra, crédito, insumos agrícolas y poder en la toma de decisiones.
Es por ello por lo que las campañas ambientales pueden mejorar la concienciación pública sin mejorar por ello el acceso al mercado, a sistemas de riego o a servicios de extensión agraria, esenciales para una adaptación a largo plazo. Los grupos de ahorro pueden mejorar la capacidad de supervivencia sin atajar trabas como el acceso a la tierra, al crédito y al poder en la toma de decisiones.
Estudios recientes sobre la adaptación climática en Uganda con perspectiva de género destacan cómo las mujeres continúan haciendo frente a un acceso limitado a los servicios de extensión agraria, crédito, seguros y a financiación para la adaptación climática. Solo el 31 % de las mujeres ugandesas posee tierras, lo cual restringe su capacidad para obtener acceso a financiamiento formal e invertir en resiliencia a largo plazo. Si no ponemos remedio a dichas barreras, la intervención climática corre el riesgo de convertirse en un acto simbólico en lugar de transformador.
Los límites de la acción climática impulsada por donantes
Otro reto significativo es la gran dependencia de Uganda en materia de financiación climática externa. En Uganda, la mayoría de las organizaciones climáticas lideradas por mujeres se apoyan en subvenciones internacionales y en proyectos financiados por donantes que funcionan a través de ciclos de financiación a corto plazo.
A pesar de que el apoyo externo ha jugado un papel importante en la expansión de la acción climática, también ha generado problemas de sostenibilidad a largo plazo. Muchos proyectos priorizan los resultados a corto plazo en detrimento de la construcción de entidades sostenibles a nivel local y de resiliencia a largo plazo. Una vez que la financiación llega a su fin, muchas iniciativas comunitarias tienen dificultades para continuar porque las organizaciones locales carecen de la capacidad financiera para darles apoyo.
Las agendas climáticas suelen estar diseñadas en función de las expectativas de los donantes en lugar de las necesidades detectadas a nivel local, lo cual deja sobre la mesa programas diseñados de forma externa que las comunidades deben implementar. La información recogida por el portal de noticias Mongabay destaca que solo una pequeña parte de la financiación internacional ambiental llega a iniciativas climáticas lideradas por mujeres en los países en vías de desarrollo. Esto nos lleva a reconsiderar la sostenibilidad de los movimientos climáticos que dependen de la financiación internacional.
Hacia una política climática más realista
La respuesta climática en Uganda requiere una reflexión profunda sobre cómo se entiende, financia y se pone en marcha la resiliencia climática.
En primer lugar, la política climática debe enmendar la falta de representatividad en materia de género y abordar las amplias condiciones estructurales que fomentan la vulnerabilidad. La resiliencia climática está estrechamente relacionada con grandes desigualdades económicas y en materia de gobernanza. La inversión en sistemas de riego, carreteras rurales, servicios de extensión agraria y sistemas de alimentación local es tan importante como las campañas de concienciación y las iniciativas de promoción.
Al margen de la infraestructura y la financiación, las comunidades rurales deben también jugar un papel más significativo en el diseño de las respuestas climáticas. Las agricultoras y organizaciones de base deberían asumir un papel activo en la concepción de estrategias de adaptación. Por ejemplo, los grupos de ahorro liderados por mujeres y las asociaciones agrícolas en el este de Uganda han ayudado a los hogares a diversificar sus medios de subsistencia, adoptar prácticas de cultivo más adaptadas a las sequías y compartir información climática a nivel comunitario. De forma similar, la agrosilvicultura comunitaria y las iniciativas de restauración de cuencas hidrográficas se han nutrido del conocimiento ecológico local a la hora de abordar la degradación del suelo y la escasez de agua. De hecho, los estudios muestran que las estrategias con una visión más realista desde el punto de vista local, así como las estrategias de adaptación construidas en torno al compromiso comunitario, prioridades, conocimiento ecológico y a las prácticas en materia de conocimiento de la población, suelen responder mejor a las necesidades locales.
Por último, Uganda necesita más modelos de financiación sostenible que fortalezcan la propiedad local en lugar de reforzar la dependencia con respecto a los donantes. Ayudar a las poblaciones a construir resiliencia más allá de los ciclos cortos de financiación pasa por el apoyo a las cooperativas agrícolas de mujeres, el aumento de la financiación climática a nivel municipal y la inversión en proyectos de adaptación participativos.
Los mecanismos de financiación descentralizados podrían permitir que las instancias gubernamentales y las comunidades a nivel local identificasen prioridades en términos de adaptación basándose en las condiciones ambientales y las necesidades de subsistencia locales. Esto podría servir como apoyo para la realización de inversiones a largo plazo en materia de riego, infraestructuras rurales y producción alimentaria.
La visibilidad por sí sola no es suficiente. Aunque los movimientos climáticos liderados por mujeres han ayudado a generar más atención pública con respecto a la injusticia climática en Uganda, la acción climática debe pasar de ser una mera representación simbólica para servir como método a la hora de afrontar las trabas económicas e institucionales que fomentan la vulnerabilidad. Es solo entonces cuando las acciones climáticas lideradas por mujeres se convierten en elementos realmente transformadores.








