Las políticas en materia de movilidad climática se centran en quienes se desplazan debido a inundaciones, sequías y olas de calor. No obstante, muchos miembros de los hogares expuestos no pueden desplazarse porque tienen personas a su cargo que les obligan a quedarse. Considerar los cuidados como un motivo de inmovilidad climática puede ayudar a los responsables políticos a diseñar sistemas de evacuación, reubicación y adaptación más seguros.
Cuando se evalúan los desastres climáticos, resulta más fácil analizar los desplazamientos que la imposibilidad de desplazarse. Se cuentan las personas que han cruzado los límites municipales, quienes han estado en albergues de emergencia y aquellas que se vieron obligadas a desplazarse por una inundación o un ciclón. Rara vez se hace un recuento de las personas que quisieron marcharse, pero que no pudieron porque la supervivencia de otra dependía de ellas. Este vacío cambia las políticas al respecto.
El informe Groundswell del Banco Mundial alerta de que el cambio climático podría obligar a 216 millones de personas a migrar dentro de sus propios países para 2050. Sin embargo, la movilidad climática no se reduce solo a quienes se desplazan, sino que también incluye a quienes deben permanecer en lugares poco seguros porque nadie se ha cuestionado lo que les obliga a quedarse en dicho lugar.
Salir del binarismo en la migración
Los estudios sobre movilidad climática han dejado de tratar la migración como una respuesta automática frente al cambio climático. Un análisis sistemático de la inmovilidad climática muestra un abanico más amplio de respuestas: existen personas que se desplazan, otras que se quedan por elección propia, personas que se adaptan quedándose en el mismo lugar o personas que se ven obligadas a quedarse.
Los investigadores han explicado la inmovilidad a través de la pobreza, de la tenencia de la tierra, del estatuto jurídico o de la falta de transporte. Estos elementos explicativos son importantes, pero, en el seno de los hogares, existe otra fuerza que suele ser la que decide si alguien puede desplazarse o no: la responsabilidad de los cuidados.
Una mujer no puede abandonar su casa porque su padre no puede caminar. Una familia se queda en una casa que está en una zona inundable porque su hijo usa una silla de ruedas y el albergue no cuenta con rampa de acceso. Una mujer embarazada se queda en su casa durante una tormenta porque marcharse implicaría perder el contacto con el único centro sanitario en el que confía. Cada uno de estos escenarios representa un fallo en la elaboración de las políticas, un fallo que gana visibilidad cuando ponemos el foco en los hogares.
La Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que 708 millones de mujeres se encuentran fuera de la población activa porque asumen tareas de cuidado no remuneradas. El documento de trabajo de ONU Mujeres sobre las relaciones entre cambio climático y cuidados muestra cómo el impacto del cambio climático obliga a mujeres y niñas a asumir más responsabilidades asistenciales, tareas domésticas y trabajos comunitarios no remunerados.
De manera similar una revisión sistemática sobre los obstáculos para la evacuación confirma que el tener que prestar cuidados retrasa o impide la evacuación, especialmente en el caso de las mujeres. Esto contribuye a generar un círculo vicioso. Un reciente estudio sobre los impulsores del cambio climático y su impacto en la salud materna mostró que el calor, los desastres y la interrupción de los servicios se relacionan con nacimientos prematuros, bajo peso al nacer y mortalidad materna. Quedarse es peligroso. Desplazarse también puede ser peligroso. A veces no existe una opción segura, sino solo una estimación del peligro que resulta más irrealizable.
Existen dos conjuntos de evidencia. Uno sobre inmovilidad climática. Otro sobre cuidados no remunerados. En el ámbito de las políticas, casi nunca se establece relación entre ambos.
Cómo los cuidados limitan la movilidad: el caso de Tamil Nadu
Mis investigaciones en Tamil Nadu enmarcan este patrón bajo la perspectiva de los hogares. En 2024 y 2025, entrevisté a 391 madres de los 38 distritos de Tamil Nadu, en India, y me senté a charlar con madres que vivían en condiciones de calor, contaminación y con tareas de cuidado bajo su responsabilidad.
Mediante una herramienta validada de evaluación de la salud mental, determiné que el 65 % de las madres mostraban síntomas leves a moderados de depresión, con fuentes de estrés más importantes en madres que cuidaban de niños con alguna discapacidad. Una madre lo expresó de manera clara: «La palabra “atrapada” define exactamente cómo me siento». Había dejado de ir al pozo porque las miradas de sus vecinos la hacían sentir culpable y sola. Su inmovilidad no se debía únicamente a la exposición al cambio climático, sino que había un solapamiento de razones: calor, responsabilidad como cuidadora, estigma social y dependencia de fuentes de agua cercanas y asistencia sanitaria. El riesgo climático hizo que su mundo se redujese.
Discapacidad y el riesgo de fallos en el diseño de las políticas
Analizar algunos casos de discapacidad permite poner en entredicho un falso supuesto detrás de muchos de los planes de evacuación: que cada hogar cuenta con un miembro que puede moverse rápido, escuchar las alertas, subirse a un medio de transporte y adaptarse a las condiciones de los albergues de emergencia sin necesidad de ayuda.
El PNUMA denuncia que las personas con discapacidad se enfrentan a riesgos mayores durante las emergencias climáticas debido a la limitación de movilidad, a las barreras de comunicación y a la falta de accesibilidad de las infraestructuras. Es posible que las alertas no les lleguen a tiempo. Es posible que los medios de transporte no estén adaptados. Es posible que los albergues de emergencia no estén diseñados para acoger a estas personas. La imagen de persona evacuada en la mente de quienes diseñaron las políticas de evacuación no se parece a la imagen de las personas que conforman los hogares que se enfrentan a la crisis.
¿Qué cambios deben hacer los responsables políticos?
El fallo del sistema actual es doble, ya que no solo se han obviado los cuidados y las situaciones de dependencia en los estudios climáticos, sino que los sistemas de evacuación, reubicación y adaptación se han diseñado como si los hogares no tuviesen responsabilidades asistenciales. Se trata de un problema grave. Como respuesta, los responsables políticos deben reformar las estrategias de adaptación climática siguiendo tres líneas de trabajo claras.
En primer lugar, los datos sobre movilidad climática deben registrar tanto la inmovilidad climática como los desplazamientos. Las encuestas, evaluaciones y planes de reubicación deberían contener preguntas sobre quién se ha quedado, por qué, de quién cuidaban y de qué tipo de apoyo carecían. Los datos sobre responsabilidad asistencial, discapacidad, embarazo, fuentes de estrés para la salud mental y acceso a apoyo diario deben ser considerados como variables en los datos sobre movilidad, no como meras notas a pie de página.
En segundo lugar, la planificación en términos de evacuación debe hacerse a partir de los hogares reales. Eso significa contar con transporte para personas con movilidad reducida, albergues de emergencia con baños accesibles y zonas privadas, almacenamiento de medicamentos, relaciones entre centros de seguimiento materno, alertas en diversos formatos y trabajadores comunitarios conocedores de aquellos hogares en los que sus miembros no pueden desplazarse sin ayuda.
En tercer lugar, la infraestructura de cuidados forma parte de la adaptación climática. Tal y como defiende el estudio de Brookings, el cuidado de los niños, de personas mayores, apoyo a las personas con discapacidad, la existencia de servicios comunitarios de salud, servicios maternos y servicios de apoyo a la salud mental ayudan a determinar si una familia puede abandonar su hogar de manera segura, quedarse en él de manera segura o recuperarse tras un desplazamiento. La financiación para el clima debería sufragar estos sistemas junto con la provisión para la construcción de carreteras, diques, viviendas y tecnologías para el envío de alertas tempranas.
Las políticas en materia de movilidad climática han aprendido a cuestionarse sobre la razón por la que las personas se desplazan. Es momento de que se pregunten con la misma seriedad por qué algunas no pueden hacerlo. Hasta que los cuidados no se traten como un factor más dentro de la adaptación climática, las personas que corren más riesgo de ser olvidadas seguirán en el mismo sitio, cargando de manera silenciosa la crisis a sus espaldas.
Este artículo de blog forma parte de una serie especial lanzada en el contexto del trabajo que la Red de Desarrollo Global (GDN) está llevando a cabo en estrecha colaboración con el Centro para Soluciones Sistémicas y el centro global Future Earth US, en apoyo de la Acción de Investigación Colaborativa (CRA) del Foro Belmont sobre Enfoques Integrados de la Migración/Movilidad Humana.






