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Del gusano barrenador al ébola: cómo los últimos brotes epidémicos han demostrado que la sanidad animal está subestimada

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Jonathan Rushton and Guillaume Lhermie

Los recientes brotes epidémicos han puesto de manifiesto la vulnerabilidad de los sistemas de salud animal en todo el planeta. En muchos casos, los responsables políticos siguen sin contar con datos consolidados sobre el alcance y las consecuencias económicas de las enfermedades animales. Europa cuenta con muchos de los organismos para cubrir este vacío, pero la Unión Europea necesita convertir la sanidad animal en una inversión estratégica en lugar de un coste derivado tras un brote.

La reaparición del gusano barrenador del ganado en Estados Unidos ha conmocionado al sector ganadero. En África central, ha resurgido una cepa poco común del ébola. Todo ello mientras el hantavirus continúa representando una amenaza meses después de que se produjese un brote en un crucero. Un recordatorio de que las enfermedades circulan de manera tan libre como las personas.

Cada brote epidémico tiene un origen y una vía de transmisión distintos, pero existe un factor común: se trata de un patógeno que se transmite de animales a personas. Aproximadamente tres de cada cuatro enfermedades humanas nuevas se han originado en animales. No obstante, este fenómeno podía haberse cortado de raíz, antes de la destrucción de los sistemas alimentarios o de la transmisión entre especies, si los responsables políticos hubiesen podido valorar la sanidad animal en su justa medida.

El valor de la salud animal ha ido evolucionando junto con el papel de los animales domésticos en la sociedad. La industrialización de la ganadería generó una reducción en el precio de la carne, la leche y los huevos. Y, a diferencia de los caballos, que fueron considerados en un tiempo de tal importancia para la formación en materia de salud animal que esta se basaba en la medicina equina, el coste veterinario para cerdos, ovejas y aves de corral en Estados Unidos solo representa un par de dólares al año por animal. Por otro lado, en el caso de los perros, encontramos gastos veterinarios que pueden alcanzar los 620 dólares al año por mascota.

El principal problema es que las agencias de salud y las autoridades tienen una postura mucho más orientada hacia la respuesta en caso de brotes concretos que hacia la evaluación del impacto real derivado de una sanidad animal ineficiente. Es precisamente la comprensión de dicho impacto lo que permitiría a los responsables políticos tomar decisiones más informadas sobre dónde convendría reforzar los sistemas de protección veterinaria y dónde hubiese sido más conveniente recurrir a la prevención para mejores resultados.

Medir el coste de las enfermedades animales

Saber qué enfermedades existen es solo parte del desafío. Los responsables políticos también necesitan entender el coste de esas enfermedades, quién asume esos costes, qué medidas permiten evitarlos y qué inversiones tienen mayor rendimiento. Este es el argumento central del programa sobre el Impacto Global de las Enfermedades Animales (GBADs, por sus siglas en inglés), que está desarrollando formas de evaluar las pérdidas económicas y sanitarias generales relacionadas con las enfermedades animales. No es algo tan simple como sumar los costes atribuidos a cada enfermedad. En muchos casos, existe un solapamiento de enfermedades, de forma que una enfermedad es responsable de infecciones secundarias y de una susceptibilidad añadida.

El programa GBADs ha desarrollado el modelo Animal Health Loss Envelope (‘Margen de pérdidas debidas a la sanidad animal’) para comparar la producción actual con un estado hipotético de salud, a la vez que se evalúan los gastos en control de enfermedades. Este enfoque permite evitar el cómputo doble cuando varias enfermedades son responsables de las mismas pérdidas.

La distinción es importante. Un estudio en el marco del programa GBADs sobre enfermedades comunes y condiciones de salud del ganado lechero en el Reino Unido estimó pérdidas anuales de 404 libras esterlinas por vaca, el equivalente a unas 60.000 libras para un rebaño estándar. Sin embargo, es significativo el hecho de que las enfermedades con los mayores costes no eran necesariamente aquellas en las que la aplicación de medidas de control hubiese dado los mejores resultados.

Entender los factores de riesgo también puede ayudar a definir intervenciones más concretas y a evitar que los brotes de enfermedades se conviertan en crisis sanitarias de mayor envergadura. En 2024, la peste de los pequeños rumiantes (PPR), una devastadora enfermedad que afecta a ovejas y cabras, llegó a Rumanía por primera vez a través de focos detectados en las costas nacionales del Mar Negro. Esta costa alberga también el puerto de Midia, uno de los más concurridos del continente para la exportación de animales vivos.

A pesar de todo ello, el verdadero impacto de las enfermedades animales en Europa no ha sido totalmente cuantificado, de forma que pueda servir como fuente de información consolidada para la definición de políticas en toda la Unión y para el refuerzo de las medidas de protección. Poner remedio a este vacío deberá pasar por una inversión continuada en materia de observación e investigación.

Falta de medios para la sanidad animal 

A nivel mundial, la sanidad animal representa solo un 0,6 % del gasto en material de salud, lo cual equivale a unos 60 mil millones de dólares al año. En comparación, el gasto global en defensa ha alcanzado recientemente el récord de 2,9 billones de dólares.

Los recursos humanos, como el personal veterinario y los auxiliares técnicos veterinarios (ATV), son necesarios en el sector para llevar a cabo los estudios actuales y para hacer frente a las enfermedades endémicas y epidémicas. Aun así, falta personal a nivel global. Unas instalaciones de laboratorio adecuadas son también un requisito previo en el marco de cualquier programa de control de enfermedades, pero requiere financiación permanente. 

Asimismo, son necesarias las inversiones a nivel de las granjas, donde los casos de enfermedades pueden propagarse rápidamente y convertirse en brotes. Las infraestructuras, como unas estructuras de manejo de animales adecuadas, son esenciales para permitir que un rebaño sea vacunado de forma rápida y segura. Los sistemas de financiación más creativos, como las subvenciones dirigidas a sectores específicos o las ayudas diseñadas para premiar las acciones tempranas, se amortizarían forma abrumadora a través de la mejora de la seguridad alimentaria y de una salud pública más resiliente. Conectar a las administraciones responsables en materia de salud animal con las ayudas públicas debería explorarse como vía para promover una producción ganadera más sostenible.

La Organización Mundial de Sanidad Animal (OMSA) estima que elevar los servicios veterinarios de todos los países a los niveles estándar costaría alrededor de 2.300 millones de dólares al año, menos del 0,1 % de lo que costó la COVID-19 a la economía global en un solo año. Un gasto módico en la mejora de los estándares veterinarios podría ayudar a estabilizar los precios de la alimentación para los consumidores, proteger los medios de subsistencia de los ganaderos y reducir el riesgo de que la próxima enfermedad se transmita a la población humana.

¿Qué deberían hacer los responsables políticos para apoyar la sanidad animal?

Existen precedentes claros de cómo hacer las cosas bien. Europa tiene un largo historial de control de enfermedades. Cuando se produjo el estallido de fiebre aftosa en el Reino Unido en 2001, la falta de una respuesta preparada supuso el sacrificio de más de 6 millones de animales y un coste de aproximadamente 8 mil millones de libras esterlinas. Cuando resurgió en 2007, tras la inversión en vigilancia y planificación, la enfermedad fue rápidamente controlada con un coste de solo 47 millones de libras.

Hemos aprendido que los Gobiernos no pueden tomar decisiones sensatas sobre prevención si no conocen el coste de una sanidad animal deficiente. Europa posee el conocimiento científico, los organismos reguladores y las instituciones veterinarias necesarias para la construcción de una base de datos contrastados. El siguiente paso es crear conexiones: epidemiología con economía; vigilancia con generación de datos; servicios veterinarios con finanzas; e investigación con políticas públicas. Todo esto debe ser respaldado con inversión en datos.

La sanidad animal ya forma parte de la seguridad alimentaria, el comercio y la infraestructura de sanidad pública en Europa. El reto político reside en considerar su valor antes de que el próximo brote epidémico obligue a los Gobiernos a pagar el precio de no haberlo hecho antes.

Jonathan Rushton
Economista agrícola
Guillaume Lhermie
Catedrático de la Facultad de Medicina Veterinaria de la Universidad de Calgary