A pesar de los importantes avances en la reducción general de la pobreza, las mujeres en América Latina siguen enfrentando una mayor vulnerabilidad económica que los hombres. Las responsabilidades desproporcionadas en el cuidado infantil limitan el acceso de las mujeres al trabajo remunerado y a los ingresos, lo que amplía las brechas de género incluso cuando la pobreza disminuye. Abordar este desequilibrio es esencial para mejorar la calidad de vida en toda la región.
La pobreza no es neutral en cuanto al género; sin embargo, la evidencia sobre esta intersección sigue siendo limitada, en parte debido a la escasez de datos a nivel individual. Tradicionalmente, la pobreza se mide a nivel del hogar, lo que oculta las diferencias entre las personas dentro de los hogares. Cuando medimos la pobreza por los ingresos del hogar, asumiendo una distribución equitativa de los recursos, se ocultan disparidades críticas, especialmente entre mujeres y hombres.
Aunque rara vez se observan las asignaciones individuales, estudios recientes han comenzado a abordar esta brecha. La evidencia de Brasil, México, y Argentina muestra que los recursos dentro de los hogares a menudo se distribuyen de manera desigual, y los hombres suelen recibir una mayor proporción que las mujeres.
Otros investigadores utilizan enfoques indirectos, examinando los patrones de pobreza a lo largo del ciclo de vida y construyendo tipologías de hogares basadas en su composición y perceptores de ingresos, en lugar de intentar desagregar la pobreza por género, un método que puede ocultar la realidad al basarse en nociones culturalmente sesgadas como la jefatura del hogar. Utilizando estos enfoques, estudios globales concluyen que los adultos con hijos, especialmente niños pequeños, enfrentan mayores riesgos de pobreza, aunque los patrones de género varían entre regiones.
La paradoja de América Latina
Nuestro reciente estudio aplica estos métodos a América Latina y el Caribe, abarcando aproximadamente el 86% de la población de la región. Los resultados son impactantes. Si bien la pobreza se redujo drásticamente entre 2007 y 2021, la brecha de género en la pobreza se amplió durante el mismo período.
Las mujeres de entre 20 y 40 años enfrentan tasas de pobreza significativamente más altas que los hombres de la misma edad, a pesar de ser años de máximos ingresos. Sin embargo, para las mujeres, esta etapa de la vida coincide con el mayor riesgo de pobreza.
El momento apunta al cuidado de personas. Los hogares con un niño menor de cinco años experimentan tasas de pobreza más altas que aquellos con niños mayores. Las demandas de cuidado de los niños pequeños limitan la participación de las mujeres en el mercado laboral, mientras que los hombres en los mismos hogares no enfrentan compensaciones comparables.
Estas dinámicas se desarrollan de maneras familiares: una mujer rechaza un ascenso porque los costos del cuidado infantil absorberían el aumento; un emprendedor cierra su negocio cuando los horarios escolares entran en conflicto con los clientes; un profesional se vuelve financieramente dependiente de su pareja y vulnerable si la relación termina.
Evolución de las tasas de pobreza de mujeres y hombres por grupo de edad (2007 y 2021)
Más allá de las explicaciones obvias
La educación, la geografía o el estado civil podrían parecer explicar estas brechas, pero nuestro análisis muestra lo contrario. Identificamos cuatro grupos con brechas de pobreza de género estadísticamente significativas: mujeres jóvenes (23-28) con hijos pequeños; mujeres mayores (41-45) con hijos pequeños; mujeres (29-39) con hijos en edad escolar; y mujeres (31-50) sin hijos en casa.
Incluso después de considerar la educación, la ubicación, el estado civil y la estructura del hogar, la mayor parte de la brecha de pobreza de género permanece sin explicación. La educación reduce el riesgo de pobreza de las mujeres, pero esta protección se ve contrarrestada por la demografía y la estructura económica del hogar.
Las mujeres están sobrerrepresentadas en hogares sin sustentadores o con un solo sustentador. Las madres solteras enfrentan riesgos especialmente altos, ya que asumen tanto la generación de ingresos como el cuidado de los hijos sin el ingreso ni el tiempo de su pareja. Sin embargo, incluso en hogares biparentales, las mujeres presentan tasas de pobreza más altas, lo que indica que la presencia de una pareja no iguala la vulnerabilidad económica.
La mayor brecha de género se observa entre las mujeres de 31 a 50 años sin hijos en casa, lo que probablemente refleja los efectos acumulativos de interrupciones profesionales previas: pérdida de habilidades, pérdida de ascensos y menores ingresos a lo largo de la vida. La penalización de la maternidad persiste mucho después de que finaliza el cuidado activo.
Qué significa esto para las políticas
Los avances en la reducción de la pobreza en América Latina son reales, pero se han logrado con herramientas diseñadas para un problema neutral en cuanto al género, no uno de género.
Cuando las mujeres carecen de poder económico durante sus años más productivos, el bienestar familiar se resiente. La evidencia demuestra que las pensiones alimenticias reducen la pobreza y la inseguridad alimentaria en las familias monoparentales, pero solo cuando los padres no residentes pueden pagar de forma fiable y la aplicación es eficaz.
Las opciones políticas son bien conocidas: cuidado infantil asequible que permita a las madres trabajar; licencia parental que no recaiga exclusivamente sobre las mujeres; mayor protección para los trabajadores informales; aplicación efectiva de las pensiones alimenticias; y reconocimiento del cuidado no remunerado como trabajo económico. Sin embargo, la implementación sigue siendo un desafío.
América Latina ha demostrado que puede reducir la pobreza. La pregunta es si puede hacerlo de manera equitativa, mediante políticas que consideren cómo la estructura del hogar, las responsabilidades de cuidado y la discriminación en el mercado laboral interactúan en la vida de las mujeres.
Los datos son claros: las brechas de género persisten y se están ampliando, incluso mientras la pobreza general disminuye. Solo una acción focalizada y sostenida puede lograr la prosperidad ampliamente compartida que la región busca.









